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Tite Boismené y el retrato de una pasión

Boismené

Viernes 10 de agosto de 1990. Carlos Boismené es el entrenador de la Selección Argentina de básquetbol. El Mundial, ya empezado, tiene a su equipo al borde del nocaut en la sede de Córdoba tras la derrota ante la Unión Soviética y los diarios del día anticipan un escenario difícil ante el poderoso combinado canadiense.

Tite, ahora, observa el casco sobre su mano derecha. Levanta ambas cejas, posa su dedo índice sobre el mentón y sonríe. «Si se enteran nos matan», confiesa a su cómplice ‘Yiye’ Meo, trabajador de una importante marca deportiva, mientras acto seguido oculta su calvicie con el inusual objeto. El equipo canadiense ingresa al Pabellón Verde del Complejo Ferial de Córdoba. Boismené se coloca la camisa gris y comienza a subir los tablones del estadio ante las sonrisas en silencio de los jugadores argentinos, que reconocen en ese rasgo obsesivo la jugada de pizarrón del entrenador bahiense. El entrenamiento a puertas cerradas, hermético para la prensa, ahora tiene una fisura: Tite, colgado sobre un andamio donde descansa el reloj de anotación, escribe sin fibrón los movimientos del equipo norteamericano.

«En un momento, allá arriba, el técnico le señaló al asistente que nos mirara. El asistente encaró la tribuna y ahí empezamos a subir y bajar palancas como locos; creo que dejamos a todo Córdoba sin luz. Cuando el asistente se acercó, vio que éramos electricistas, je, je… Y bajó. ¡Ah! Después le ganamos. Quiere decir que de algo sirvió la estrategia…», dijo Boismené a La Nueva Provincia.

Quizás este haya sido el único, o uno de los pocos recuerdos simpáticos que haya tenido Tite de aquel fatídico mundial de Argentina’90, que tuvo a Argentina a puro despiste en segunda ronda. «Desde el 9 de agosto hasta el día que terminó, fue un sufrimiento constante. No veía la hora de hacer las valijas y volverme, porque fue todo una vergüenza, tanto en lo deportivo como en lo que concierne a la organización». El torneo dejó a Argentina en octava posición y la CABB en quiebra y sin respuestas.

Boismené hubiese cumplido 82 años este lunes 8 de abril. Su partida en 2017 dejó un hueco imposible de llenar en el básquetbol de la ciudad. Tite fue uno de los dos hijos de un inmigrante francés que llegó a la Argentina esquivando el mandato familiar de su padre, quien era tornero en el viejo continente, y se dedicó a cargar trigo en un campo de la Provincia de Buenos Aires, donde conoció a su mujer. Murió, súbitamente, en un almuerzo familiar ante la desesperación de su familia. Cuando pasó el dolor de un hecho tan dramático, Tite pensó que la de su padre era una buena forma de morir: sin sufrir, tras haber tenido una buena vida.

Fiel a su personalidad, Tite se escapó del secundario comercial y se dedicó de inmediato a trabajar. Fue, a su manera, quien saltó una generación: al igual que su abuelo en Francia, fue tornero, o en otras palabras, ajustador mecánico en un taller de rectificación de motores. Recién llegó a la dirección técnica de Sportivo Bahiense a los 35 años de edad; mientras desengrasaba sus manos con un trapo, recibió a la dirigencia rojinegra y le hizo un único pedido:

– Quiero tener un trabajo estable.

– ¿Como cuál?

-Quiero trabajar en un banco.

Y pese a no tener experiencia previa, y con un empujón de quien tenía que darlo, empezó como cajero en el ex Banco del Sud de calle San Martín (hoy sede de la AFIP). Allí estuvo hasta que dejó Bahía Blanca para dirigir en River.

«Ahora sí voy a tener una vida tranquila», pensó Tite.

Y, por supuesto, se equivocó.

Boismené fue el único entrenador que supo conducir a los tres grandes equipos de Bahía Blanca que participaron de la Liga Nacional: Olimpo, Estudiantes y Pacífico. Llegó a dirigir 340 partidos en la competencia. En aquellos años, trabajaba hasta entrada la tarde en el banco y luego iba a al club de turno para conducir los entrenamientos. Era curioso verlo: muchas veces de zapatos y jean, sin la habitual ropa deportiva de un entrenador. Para viajar, pedía permisos «extraordinarios»; fueron tantos que más que extraordinarios terminaron siendo, para sus jefes de turno, casi obligaciones.

«Tite era insoportable con la defensa. Nosotros nos habíamos obsesionado con defender, porque si el rival pasaba los 80 puntos, al otro día se venían más de dos horas de ejercicios sin pelota. Una vez pasó algo gracioso de verdad: él se ponía en mitad de cancha, al cierre de cada práctica y todos teníamos que copiar lo que él hacía. Hizo un desplazamiento para un lado, para el otro, se tropezó con un mocasín y se cayó de espaldas. Casi se mata. Nosotros nos empezamos a reír y Leon Wilson, extranjero de aquel entonces, se tiró para atrás como si hubiese una pileta imaginaria. Tite saltó desaforado y lo insultó en mil idiomas. León lo miró fijo y le contestó: coach, estaba haciendo lo que usted pidió», recuerda, con nostalgia, Ariel ‘Scooby’ Scolari, quien lo tuvo en innumerables equipos como entrenador, pero principalmente en Olimpo.

«Pocos lo saben, pero Tite llegó a dirigir Barracas en Primera, Sportivo en Segunda y Comercial en Tercera. ¡Los tres a la vez! Y no erraba un solo nombre. Un adelantado a la época», recuerda el periodista Juan Carlos Meschini. «Llevaba fierros en el auto ya en los tiempos de Comercial, allá por 1970, y hacía entrenar a sus jugadores con elementos que no se usaban en aquel entonces. Era un estudioso, un tipo que sabía de básquetbol y de gimnasio. Marcó diferencia con el resto», agregó.

Fuera de Bahía, Tite dirigió a River Plate y Regatas Corrientes. En el exterior, estuvo al frente de Regatas Lima, de Perú, en dos períodos, y en Trotamundos de Valencia. Con la Selección, además del Mundial ’90, Boismené dirigió en el Sudamericano de Venezuela de 1991 (bronce) y en el Panamericano de Cuba 1992 (6º lugar).

Obsesivo, histriónico y con un carácter de perros, Tite hizo escuela en cada banco de suplentes. «Muchas veces me compararon con Carlos Bilardo, pero él creía que el sistema y los jugadores eran un 50 y un 50. Yo creo que los jugadores siempre son más importantes que la táctica. El espíritu es todo».

«Cada uno toma el básquet de la manera que le parece. Para mí es una pasión. Y pretendo que todo el mundo lo sienta así», dijo Boismené alguna vez a La Nueva Provincia.

Tite se fue una noche de viernes con el afecto de su gente más cercana. Dejó, ordenadas con puntillismo notable, las carpetas de recortes que permitieron reconstruir su historia. «Cuando uno pasa los 50, empieza a vivir de prestado. Armo todos estos recortes para un día mostrárselos a mi hija Pamela y poder decirle: ¿Viste todo lo que viví?»

Lo que más se extraña hoy, en las veredas del centro de Bahía Blanca, es su simpleza: detrás del personaje, siempre afloró a tiempo la persona. Humilde, atento, querible, uno de esos tipos que fueron tapa de diarios pero que siempre quisieron ser ciudadanos de a pie. En definitiva, Tite siempre sintió enormes los anillos que pusieron en sus manos.

“Si Dios me da suerte, voy a morir en una cancha”.

El destino, rebelde ante sus palabras, quiso lo contrario: en vez de morir, Tite logró vivir para siempre. Irradió de energía a todas las almas que tuvo cerca. A su manera, enfrentó un sueño y lo cumplió. Fue forma y contenido. Sufrió, festejó, y también lloró por ambas cosas. Supo bailar de alegría y también encerrarse por tristeza. Abrazó cuando tuvo que hacerlo y fue abrazado cuando lo necesitó. Es inevitable sonreír al pensar en Tite. Así sucede cada vez que la nostalgia toca la puerta de las personas de bien.

Es el día de hoy que en cada cancha de Bahía, en cada partido, un aliento de su esencia se mantiene en pie: sus charlas interminables, su camisa transpirada, el repiqueteo de los zapatos y el grito encendido se conjugan como una hoja más en la historia de una ciudad hecha de gajos y piques.

Una pasión, en definitiva, es una pasión.

Y nadie puede derrotar ni olvidar a quien ama de semejante manera.

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