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Polo De Lizaso, energía y pasión

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Esta es la historia de un grito de desahogo. Es un alarido que trasciende el tiempo, que cruza dos miradas y conecta una asistencia que nace para ser leyenda. No se trata de un pase de pique ni al pecho: en la ciudad del básquetbol, esta vez, no hay balón, aros ni redes que decoran la obra. Son músculos tensos que unifican un abrazo sin contacto, piernas que sostienen la emoción de un instante que parece repetido pero que, pese a que los protagonistas aún no lo saben, será eterno. Ahi están, entonces, los dos caballeros del juego. Los que definieron para siempre la identidad de Olimpo, los que expresaron, dentro de la cancha, que en esta ciudad no juega cualquiera. Que quien no siente no sirve y quien no se entrega nunca podrá ser de los nuestros.

Punta Alta, 1970. Estadio de Altense. Los ojos, desparramados en la tribuna, persiguen el enlace natural. Será, por los tiempos de los tiempos, el último gran encuentro. Quien no conoce Bahía Blanca, quien no caminó nunca sus veredas, intentará en vano comprender el fenómeno: ¿cómo festejar así ganando por más de veinte puntos? La respuesta es siempre forma, nunca contenido. Así se vive el básquetbol en esta ciudad. El carácter se construye y se edifica con el ejemplo todos los días. Y entonces, en ese caminar pleno, cuando llegue el final todo habrá tenido sentido. Polo De Lizaso y Lito Fruet, ahora, se enredan para siempre en una historia de amistad única. Serán por siempre, la nave insignia del sentimiento profundo: dos almas unidas que forman una sola. Una camiseta, un corazón, una ciudad. Una época. Un lugar al que siempre, pero siempre, valdrá la pena volver.

Si Beto Cabrera fue el talento y Lito Fruet la actitud, De Lizaso fue la energía. Atlético, intenso, en constante ebullición, fue capaz de correr los límites siempre un poco más allá de lo esperado: el catalizador que no solo unió a los dos grandes talentos que hicieron de Bahía la Capital del básquetbol, sino que permitió, dentro de la cancha, que se materialice el calor de la gente en las tribunas. Representó, sin fisuras, la idea de coraje que marcó a fuego a todas las generaciones futuras. «No teníamos miedo, esto es lo que nosotros hacíamos y lo que nos pedía la gente», dice Polo. Y así fue, noche a noche, hasta que decidió él mismo decir basta.

Las imágenes se agolpan ahora a la velocidad de la luz. Retazos en blanco y negro que esconden sonidos, olores y aventuras. Historias de pantalones cortos y musculosas, de sacos, corbatas y noches llenas de humo. Canchas al aire libre y techadas, las décadas que fueron transición obligada entre jugar por la camiseta y tener un patrón a quien rendirle cuentas todos los días. De sus primeros diez años en aquel campo cerca de su amada Necochea, a sus primeros lanzamientos en Centro Basko. De su incursión inicial en un club, en Boca de su ciudad, para recalar luego en Rivadavia. De Bill Américo Brusa, la leyenda del básquetbol bahiense, diciéndole a modo de consejo «si usted viene a estudiar aquí, piense en venir a jugar con nosotros». De  conocimiento extremo. De triunfos y hazañas, de lágrimas de alegría. De recuerdos imborrables.

Quizás hayan sido los nueve torneos con la camiseta aurinegra los que marcaron a De Lizaso en la historia. O los diez provinciales con Bahía de once jugados. O los ocho Argentinos con Provincia de Buenos Aires. Quizás también haya sido su paso exitoso en la Selección Argentina, o el hecho de haber sido figura emblemática del triunfo histórico de un combinado de Bahía Blanca ante Yugoslavia, campeón del mundo de la época, en la inauguración del estadio techado de Olimpo en 1971. Seguramente fue todo esto, pero no fue lo único. De Lizaso llegó desde Necochea para darle identidad al básquetbol de la ciudad: fue contagiado y contagió. Nadie pudo, puede ni podrá ser indiferente a su figura. Se dice que el talento destaca pero es el corazón el que permite trascender. Y en eso, De Lizaso fue único. Junto a Lito y Beto, formaron un triángulo que se movió siempre en forma conjunta. Fueron, de manera sinérgica, los que conformaron la primera gran trilogía del básquetbol bahiense precursora de lo que luego sería la Liga Nacional. Y esa magia, esa impronta, se transformó luego en narración oral y escrita para el resto de las generaciones. Sin ellos, no hubiesen llegado nunca los dorados, porque es la cultura gestada la que siembra futuro. De Lizaso, sin ser bahiense, fue cómplice necesario y responsable de que Bahía Blanca haya hecho del básquetbol su marca registrada.

«El público de Bahía fue siempre alentador al extremo y siempre nos acompañó. Lo que pasaba es que nosotros no representábamos a la gente: éramos la gente».

De Lizaso, ahora, estira los brazos por última vez. El grito es ensordecedor y ahí está Lito, enfrente, que una vez más lo abraza sin tocarlo. Son jóvenes de nuevo, el tiempo ahora se detiene para nunca más correr. Se divierten, disfrutan, viven. Son inmortales. Y en ese cruce de miradas, en el alarido que será retrato, se escribe sin tinta el pergamino invisible que se reproducirá luego, de boca en boca, entre abuelos, padres, hijos y nietos. La juventud no es cantidad, es intensidad: atacar, defender, correr, sentir. Amar. Llorar cuando vale la pena y sonreír cuando hace falta. Jugar por la camiseta. Respetar al rival. Callar ante los humildes y gritar ante los poderosos. Beto, a la distancia, los observa y sonríe. Piensa que esos dos tipos están locos, y quizás un poco lo estén. Sin embargo, en la diferencia emerge por primera vez el anhelo: Olimpo y Estudiantes caminando juntos para derribar lo que esté enfrente. El talento, el carácter y el catalizador que unifica a los genios y despierta al público. La tribuna que explota una vez más, el puño cerrado de la hazaña consumada, la radio que infla el oído, las piernas que saltan sobre el tablón gastado. El espíritu que todo lo hace, todo lo dice, todo lo puede.

De Lizaso, ahora, deja de pertenecer al entorno para pasar a serlo.

La vida, sin pasión, no es vida.

Y la historia, después de él, nunca más será la misma.

FUENTE: Bruno Altieri

 

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